Tengo 56 años y vivo en el barrio de Colegiales con mi familia: mi mujer, nuestra hija Maite, de 9 años, y con una de las dos nenas de Marisa. Mi otra hija, Malena, tiene 21 y estudia cine y trabaja en Nueva York.
Nací el 3 de junio de 1955 en La Paternal, pocos meses antes de quela Revolución Libertadoragolpeara al país y terminara sangrientamente con la segunda presidencia de Perón.
La foto de mi primer día de clases me muestra con guardapolvo blanco, moño a lunares y portafolio de cuero; tenía 4 años porque entonces se estilaba “entrar adelantado”, y mi hermano mayor me había enseñado a leer y escribir. Esa foto me dispara muchas emociones, me emociono cada vez que izan la bandera en cualquier escuela del país, pero más todavía si es en la escuela de Maite o de Malena. En realidad tuve que desarrollar la cosa al revés: me tocó estar en situaciones tremendas, desde la dictadura en adelante, y me fui endureciendo.
Provengo de una familia de inmigrantes y de un hogar que atravesó crisis económicas profundas. Mi padre tenía cuatro años cuando, en 1928, llegó ala Argentinadesde Moldavia huyendo de los progroms. Pasó once años en un orfanato; no pudo terminar la escuela primaria y empezó a ganarse la vida vendiendo telas en el Once. Con mi madre, de origen polaco y profesora de inglés, Cecilia, tuvieron, además de mí dos hijos; Jorge, el mayor, hoy científico, y Adriana, actriz.
Mi viejo me legó la fuerza de la militancia, la sensibilidad social y el amor al equipo. Con mi mamá tenía una relación más intelectual. De mi infancia conservo imágenes de las colonias en Zumerland y algunos veraneos en los complejos vacacionales en Necochea o Miramar. Recuerdo ir a la cancha con mi viejo, hincha de Independiente, que de tanto llevarnos a nosotros a ver a San Lorenzo se sorprendió a sí mismo cambiando de cuadro en medio de un partido.
Hice la primaria en la escuela República de Ecuador y parte del secundario en una escuela técnica estatal de Paternal. En tercer año, la economía familiar no atravesaba un buen momento y tuve que abandonar el colegio para ir a trabajar, mi primer empleo fue el de técnico telefónico. Más tarde, terminé los estudios secundarios en la escuela nocturna Revolución de Mayo.
Era muy chiquito cuando entré al secundario, a los once años, así que, en realidad, mi primer trabajo fue vender con un amigo de la escuela lapiceras, cinta scotch, esas cosas baratas. La madre de él tenía una empresa de cableado telefónico y aprendí el oficio, estudié en escuela técnica y trabajé de técnico telefónico.
A veces me dicen que me ven demasiado “sensible” para la política, que es un mundo de duros. Sin embargo, a mí me parece imprescindible ser sensible para ser político. La sensibilidad está en la base de la decisión de estar en política. Para mí, desde muy joven, la base para la militancia fue la indignación frente a la injusticia.
Quizá por eso, en los años 70, ingresé en la carrera de Sociología dela Universidad de Buenos Aires, y luego me especialicé en el área de Educación. Allí comencé a construir una mirada más compleja sobre las desigualdades sociales y empecé a interesarme en la política como herramienta para transformar la sociedad. Esta percepción se profundizó a través de la experiencia adquirida en mi trabajo como alfabetizador en barrios carenciados. Eran los difíciles años de la dictadura, y al recibirme, en 1977, me dediqué a la docencia en el incipiente movimiento de derechos humanos.
Si se me permite una disgresión, me acuerdo que yo tenía la idea de que al día siguiente de asumir como ministro de educación de Néstor Kirchner tenía que ir a recorrer el interior profundo. Así me tocó ir a Entre Ríos y al Chaco, al Impenetrable, a escuelas de los lugares más pobres, las más alejadas. Fue la forma que encontré de salir de la Ciudad de Buenos Aires y pasar de ser un tipo muy vinculado a la escuela urbana de clase media y media baja a conectarme sensiblemente con los chicos y los docentes que más lo necesitan. Así que para mí la sensibilidad es fundamental.
Otra disgresión: me gustan los asados, el truco y si no fuera sociólogo, educador y político me gustaría ser director técnico o novelista. Me gustan las novelas, me gusta Paul Auster, el tango y últimamente escribir ficción.
En los 80 cursé estudios de posgrado: una Especialización en Educación de Adultos y una Maestría en Educación. En los primeros años de la transición democrática, fui Presidente del Colegio de Graduados en Sociología.
En 1989, ingresé a la gestión pública como Director General de Educación dela Ciudad de Buenos Aires, de esta manera pude vincular la mirada académica con la gestión.
En 1992 renuncié al cargo para ocuparla Direcciónde FLACSO y dedicarme a la investigación en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y a la docencia enla Universidadde Buenos Aires.
En el 2000, volví al Gobierno de la Ciudad como Secretario de Educación del entonces Jefe de Gobierno, Aníbal Ibarra, cargo que ocupé hasta 2003, cuando acepté conducir el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología dela Nación durante la presidencia de Néstor Kirchner. Desde la cartera educativa tuve la satisfacción de llevar adelante muchas de las transformaciones que había analizado y propuesto desde mis días de investigador y docente y demostrar que es posible mejorar y jerarquizar los sistemas educativo, universitario y tecnológico en Argentina.
En 2007 fui candidato a Jefe de Gobierno dela Ciudad Autónomade Buenos Aires y logré el 40 % de los votos en la segunda vuelta. Pocos meses después, me postulé para Senador Nacional porla Capital– acompañando la candidatura presidencial de Cristina Fernández de Kirchner – cargo para el que fui electo en octubre de 2007.
En julio de 2011 me presenté nuevamente como candidato a Jefe de Gobierno dela Ciudad de Buenos Aires, pero las porteñas y porteños decidieron avalar con su voto a la actual gestión. Sin embargo, nunca renuncié a mi sueño de transformar mi querida Buenos Aires. Creo, con una mano en el corazón, que es posible convertirla en una Ciudad modelo, inclusiva, moderna, rica y sobre todo justa. Desde el Congreso, como Senador por la Ciudad, vamos a seguir bregando por concretar nuestros ideales. Como dice el Negro Dolina, no renuncio a llevar a nuestra agenda de gobierno, a nuestra agenda de trabajo, aquellas cosas que soñábamos en las pizzerías. Y que seguimos soñando.
